¿Dónde está?

Ahondar

«¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2, 1-12)

«¿Dónde está Dios?» es una pregunta que repetimos con frecuencia los creyentes cuando sentimos que nuestra fe no parece ser suficiente para explicar lo que sucede a nuestro alrededor o lo que estamos viviendo en el plano personal. « ¿Dónde está…?» preguntamos. ¿Dónde está Dios cuando más lo necesitamos? ¿Dónde está Dios cuando me siento solo y desvalido? ¿Dónde está Dios cuando el dolor llega a mi vida? Creo que son preguntas válidas.

No son pocos los momentos en los que podemos sentir cierta incertidumbre por lo que nos ocurre a nosotros mismos y a nuestro alrededor. Preguntar por el lugar en donde está Dios cuando lo necesitamos, es lícito y no hay motivos para avergonzarse de ello. Las preguntas siempre abren caminos en la búsqueda de la verdad, abren horizontes nuevos de reflexión y logran que alcancemos nuevos conocimientos que enriquecen a todos. Preguntarse por el lugar en donde está Dios ante una situación que supera nuestra razón, puede ser una instancia para emprender un camino nuevo de relación con Él y madurar en la fe.

El evangelista Mateo cuenta que unos magos venidos de oriente llegaron a Jerusalén y preguntaron «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?». Aquellos hombres lo buscaban porque habían visto su estrella y venían a adorarlo. Adorar es una actitud del espíritu que implica reverencia. Ella abre la posibilidad para que Dios habite nuestra vida y la llene de sentido renovado. Nos permite encontrar verdaderamente a Dios y comprender lo que ocurre desde una perspectiva distinta.

La adoración exige humildad. Es una actitud fundamental a la que nos resistimos muchas veces porque nos gusta ir por la vida creyendo que somos dueños y origen de todo. Aquellos hombres venidos de Oriente querían hallar al rey de los judíos para adorarlo, nosotros lo buscamos a veces para reclamar y exigir explicaciones. El gesto de adoración nos permite “encontrar” al que buscamos y nos ayuda a recuperar la comunión con Dios, nos ponemos bajo su cuidado para dejarnos proteger.

La adoración es una bella manera de rezar y de estar con Él. No necesitamos hablar de nuestros problemas. Simplemente, nos inclinamos ante Dios porque Él es nuestro Señor, Él es nuestro Creador, y en ese gesto de entrega a abandono dejamos que nos cuide. Lo maravilloso de la actitud de adoración es que, al olvidarnos de nosotros mismos, nos situamos ante Dios de forma totalmente auténtica, plenamente presentes, tal como somos. Dejamos que Dios llene plenamente nuestro ser, nos inunde y nos habite.

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