¿Entretenimiento religioso o profundidad espiritual?

Ahondar

Reflexión sobre nuestras propuestas espirituales al Pueblo de Dios en la pandemia

En la misma barca

Hoy 20 de marzo se cumple un año del decreto presidencial de cuarentena obligatoria. Han transcurrido doce meses de aquel día en el que mundialmente nos sentimos “todos en la misma barca, todos frágiles y desorientados”[1], y a merced de una tormenta que no conocíamos.

Tantas imágenes, nombres, situaciones, medidas, muchas veces exageradas, pasaron por nuestra mente y corazón que convirtieron aquellos momentos en difíciles y turbulentos. Cada uno de nosotros seguramente tiene su propia reflexión sobre lo vivido y sobre la manera en que afrontó esos primeros tiempos tan complicados.

En ese espacio, en el que nos encontramos pasando muchos meses, surgieron una enorme cantidad de actividades por realizar, como así también fueron muchísimas las propuestas que llegaron a nuestros hogares por medio de las redes sociales, sobre todo.

Sin lugar a dudas, la fe ha desempeñado uno de los papeles más importantes en la contención, acompañamiento, ayuda espiritual y material en medio y transcurso de la pandemia. Sacerdotes, consagrados, catequistas y voluntarios laicos se han abocado de diversas maneras a “estar” cerca. Diversidad de propuestas inundaron las plataformas virtuales en los primeros meses del año 2020 y algunas continúan con menor fuerza hasta ahora.

La reflexión que nos gustaría compartir con ustedes podría iniciarse con la siguiente pregunta: ¿Cuál o cómo ha sido la propuesta espiritual que hemos dado y seguimos dando al Pueblo de Dios mientras continúa la pandemia?

«¿Aún no tienen fe?» (Mc 4,40)

Quienes hemos salido a ofrecer, sobre todo a través de la virtualidad, un espacio de acompañamiento y contención durante los primeros meses de la cuarentena, creemos que es necesaria una revisión para valorar si hemos propiciado el encuentro personal con Jesús. En nuestro deseo de hacer una Iglesia más amigable y cercana, nuestras propuestas, ¿nos llevaron a profundizar en la relación con Dios o adolecen de una cierta superficialidad?

Hemos hecho lo que creíamos oportuno realizar en la situación en la que nos encontrábamos, sabiendo que estábamos frente a una realidad que nos desconcertó por completo, y para lo cual no estábamos preparados en absoluto para responder.

Después de un año de aprendizajes. ¿Sabemos cómo acompañar? «¿Qué necesitamos como Pueblo de Dios?», «¿Qué esperan de nosotros -sacerdotes, religiosos/as, catequistas-, las personas para seguir creciendo y madurando en la fe en este tiempo concreto?»

Hoy, necesitamos revisar, con creatividad y libertad interior, las respuestas que continuamos dando a esta realidad que, si bien es distinta del comienzo, sigue siendo parte de nuestra vida.

Lo que pretendemos es generar una reflexión que nos ayude, como simples compañeros de camino, a revisar la manera en que estamos ayudando a las personas a tener fe y confianza en Jesús y solidaridad y compasión con los que más sufren, en un camino personal y comunitario.

Ésta es la intención que nos ha llevado a escribir estas líneas sobre la creatividad, el acompañamiento, la autenticidad o superficialidad de nuestras respuestas religiosas a la pandemia. Creemos que es importante mirar con atención lo que estamos proponiendo al Pueblo de Dios para discernir qué Espíritu es el que nos guía y, que como dice Santa Teresa, si es el de Dios “nos hace andar en la verdad” a fin, a su vez, de desenmascarar nuestras mentiras más profundas.

El Boom de la evangelización

Como un primer punto se puede mencionar un fenómeno que nos ha hecho pensar mucho y que cómo resultado de conversaciones que hemos tenido en varias oportunidades, ofrecemos esta descripción. En un momento las redes sociales como Facebook, Instagram, Tik Tok, Youtube, entre otras, se vieron “invadidas” por ofertas religiosas de todo tipo, estas tenían como protagonistas a sacerdotes y religiosas, en su mayoría jóvenes, que conscientes de que estos son «nuevos lugares de misión» salieron a evangelizar, sumando así muchos seguidores, multiplicando likes, preferentemente jóvenes, pero también de otras edades.

Utilizando todo tipo de recursos, música, bailes, parodias, disfraces, luces de colores, etc., rápidamente captaron la atención de variados medios de comunicación a nivel nacional e internacional que no dudaron en catalogar como una “nueva manera de ser iglesia” o como “el rostro joven y nuevo de una Iglesia más abierta y moderna”, “formas audaces de conocer a Cristo”, “se terminaron las misas aburridas”, etc. A esto siguieron las entrevistas y los titulares en diarios y revistas. Abundaban los detalles sobre los protagonistas de esta religión que se mostraba ahora más “happy”, divertida, luminosa y encantadora, una versión “buena onda” de Cristo y su propuesta, para un mundo que estaba enfermo y sufriendo. El contraste de realidades y vivencias fue enorme.

Esta propuesta espiritual parece ser más un «entretenimiento religioso», una especie de religiosidad inmadura, con un bombardeo de estímulos que crean una sensación de bienestar y pertenencia virtual encerrada en sí misma.

Es un «dios» de la alegría, pero no la que nace de la confianza y fe en Jesús y del servicio a los más necesitados, sino de la diversión y la adrenalina. Es una presentación de la vida religiosa desde una óptica más “moderna”, sin esas «ataduras» arcaicas e históricas con que se ha identificado a la Iglesia bimilenaria. Pero cabe decir que este entretenimiento religioso pronto se queda sin Dios, sin fe, sin Iglesia y sin comunidad. Hace que desaparezca el barro y la fragilidad de la realidad y sobre todo en estos nuevos evangelizadores 3.0.

Sin embargo, debemos distinguir aquí o diferenciar, las personas del fenómeno, ya que podría creerse que se está arrojando piedras a hermanos y hermanas que solamente intentaban trasmitir el mensaje de Cristo a través de las redes. Lo que es motivo de análisis es el fenómeno, el movimiento, la manera o la forma; el auge o llegada a determinado “público”. En un mundo cada vez más apático e indiferente, quizá con las propuestas espirituales de la iglesia católica, debemos redoblar el esfuerzo para secundar la voz del Espíritu e ir dónde verdaderamente nos invita.

Retomemos las preguntas que nos planteábamos anteriormente, para intentar dar una respuesta que nos ayude a seguir reflexionando. «¿Qué necesitamos como Pueblo de Dios?», «¿Qué esperan de nosotros -sacerdotes, religiosos/as, catequistas-, las personas para seguir creciendo y madurando en la fe en este tiempo concreto?»

Vuelta a la intimidad con Dios

Ante una situación vital de tamaña envergadura como es la pandemia, necesitamos dar respuestas espirituales gigantes, pero no en el sentido del tamaño, sino de la hondura, de la profundidad y de la capacidad de hacer ancla en el alma.¿Qué espera de nosotros, hombres y mujeres religiosos, la humanidad? ¿Qué le responderemos desde nuestra fe en Jesús? ¿Cuál es nuestra actitud ante el dolor y sufrimiento de tantas personas?

Compasión ante el dolor

El escritor y sacerdote español Pablo d´Ors, afirma que el primer paso frente a la situación pandémica es llorar. No pretendemos dramatizar, pero sin dudas es una de las mejores y más acertadas maneras de corresponder a la situación. Llorar aceptando un mundo frágil, vulnerable, lleno de diferencias sociales alarmantes, roto y malherido; llorar asumiendo la realidad cruda de millones de hermanos, humanos, sumidos en esta tragedia. Llorar porque no sabemos ser solidarios y compasivos con los que sufren; llorar, porque preferimos encerrarnos en nosotros mismos para no ver la realidad. En definitiva, llorar, para que las lágrimas nos limpien las escamas de los ojos y podamos ser conscientes de que, en esta barca, que es nuestra casa común, estamos todos y nos necesitamos todos.

¿Ofreceremos una caricatura de Dios, un talk show de diversión en donde uno mismo es el centro y la medida? ¿Entregaremos la “nueva biblia” de la diversidad religiosa que maquilla la realidad y posterga nuestra compasión y solidaridad, o realmente “lloraremos” y acompañaremos el duelo de la humanidad con lágrimas, silencio, cercanía y caridad?

Creemos que el “espíritu del mundo” disfruta el favor que le hacemos con la diversión. Aplaude las apariencias y propagandas de una intoxicada concepción religiosa que se aleja más del misterio de la Encarnación. Dos caminos distintos, dos respuestas que se chocan, dos maneras de entender el seguimiento de Cristo y su llamado a evangelizar el mundo de hoy.

Vuelta a lo esencial

Una de las enseñanzas de la pandemia fue la vuelta al ascetismo; actitud de tanta ayuda y vigencia para el hoy del mundo y de la Iglesia.  Si, esa vieja palabra que los manuales espirituales de antaño definen como el «ejercicio y práctica de un estilo de vida austero y de renuncia a placeres materiales con el fin de adquirir unos hábitos que conduzcan a la perfección moral y espiritual.» En otras palabras, la espiritualidad como cultivo, trabajo del cuerpo, de la mente y del alma por medio de la atención y que da frutos de paz y compasión.

La pandemia permitió de alguna manera forjar un «plan ascético de emergencia» que nos hizo tomar conciencia de que no lo podemos todo, no somos pequeños dioses que pululan por el mundo, ni niños caprichosos a los que se les debe consentir en todo inmediatamente.  Este plan ascético nos recluyó obligatoriamente a la escuela de lo esencial, al cese de actividades eclesiales convencionales que nos obligó a la quietud, al silencio y la renuncia a lo intrascendente.

El ascetismo tiene que ver con un trabajo espiritual que requiere de nosotros: método, orden y disciplina. La pandemia nos ayudó a descubrir que no estábamos trabajando lo suficiente en nuestro núcleo más importante, el yo profundo, ese territorio virgen donde se da el encuentro con Dios.

Fue un tiempo purificador y movilizador al mismo tiempo. Tuvimos que renunciar a viajar de un lado a otro dando clases, talleres, conferencias, retiros y llenar los templos y las agendas, inflando ese sentimiento de superioridad y de importancia que nos damos a nosotros mismos, creyéndonos que estamos en la “cresta de la ola”, para encontrarnos cara a cara con Jesús en el silencio, en los pliegues vacíos de nuestras casas e iglesias.

No fueron pocos quienes ante la ausencia del ejercicio ministerial y pastoral se sintieron profundamente vacíos y solos. Se vieron enfrentados a sí mismos en su propia identidad. ¿Quiénes somos cuando no ejercemos el ministerio ni la pastoral? ¿Sabemos estar a solas con Jesús? ¿No llama acaso primero a los que quiere para estar con él, y solo después los envía a misionar?  Hay quienes, apabullados por la soledad, el silencio y la quietud, no supieron, ni aprendieron todavía, dedicar tiempo para vivir lo esencial de la propia vocación; Estar con Él.

La ascesis del compromiso con el otro

También se dio un ascetismo “práctico”. Sacerdotes, religiosas y laicos de las grandes zonas populares, barrios, villas, etc. Movidos por la compasión que nace de la oración e intimidad con Jesús, no quisieron plantearse una cuarentena estricta y obligatoria. En pocas semanas empezaron a idear planes de ayuda, alimento, cobijo, elementos de higiene y limpieza, porque los verdaderos discípulos de Jesús no quedan indiferentes ante la necesidad de los demás.

Con el riesgo que implicaba salir a la calle, -o mejor dicho se quedaron en la calle-tendieron la mano espiritual del consuelo a quienes necesitaban apoyo espiritual a través de la escucha, pero también ofrecieron el plato de comida a las personas a las que comenzaban a escasear los víveres.

Estos focos de ascesis práctica no fueron noticia ni tuvieron la cobertura de los divertidos tiktokers, instagramers o youtubers cristianos, que ajenos a una realidad que al parecer querían suavizar, ocultar u olvidar entretenían bailando o disfrazándose.

Muchos hombres y mujeres de Dios, discípulos de Jesús, estuvieron cerca de quienes lo necesitaron, llorando, consolando, ayudando, y rezando. Fueron muchos los que se contagiaron y murieron por ayudar y salvar a otros. Renunciando a sí mismos, desafiaron el mal a fuerza de bien, porque nadie se salva solo. Tributo a los grandes y escondidos ascetas prácticos del tiempo de pandemia, “el Padre que ve en lo secreto, les recompensará” (cf. Mt. 6, 4. 6. 18). ¿Qué aprendimos en esta pandemia? ¿Cómo enseñamos al Pueblo lo que es de Dios?

Profundidad espiritual

Al cumplirse un año de la pandemia, ¿estamos mejor dotados para responder, para acompañar? No se trata de crear una aristocracia espiritual sino de hacer frente a la superficialidad de una religión al parecer distraída, a la banalización de la fe, a la caricaturización de lo divino y lo trascendente. La situación actual reclama no que la atravesemos surfeándola, como expertos o divirtiéndonos, como adolescentes, sino recibiéndola en todo su esplendor (verdad) y dramatismo (realidad).

Para ello, debemos disponer el alma, entrenarla en la percepción, aplicando dosis diarias de silencio y de escucha atenta, sin atragantarnos para responder o entregar recetas sino recibiendo todo y haciendo reflectir en nuestro interior lo que vivimos a diario. Solo cuando asimilamos la realidad en Dios a través de la oración o meditación es como aprendemos a mirarla desde sus ojos y actuar según su corazón.

No podemos pasar página así porque sí o esperar volver a lo de antes y recuperar la normalidad previa a la pandemia, para aplicar las mismas recetas pastorales de antaño. No podemos simplemente sentarnos y ansiar los tiempos mejores para volver a emplear los mismos y añejos esquemas pastorales.

Los problemas y los dramas antes que resolverlos, tenemos que vivirlos, interiorizarlos, meditar y escuchar a Dios. “Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación” (2 Cor. 6, 2). La tentación que tenemos es pasar distraídos ante lo que acontece, con indolencia en el corazón, indiferentes, sin conexión real con la vida del Pueblo de Dios.

Este tiempo reclama un sacerdocio, una religión (puente entre la humanidad y Dios) nueva, auténtica, un sacerdocio de lo cotidiano capaz de consagrar la existencia a Dios, todo lo que se ve y lo que no se ve, forjado en las lágrimas de un mundo herido. Un sacerdocio asceta, es decir, dueño y señor de sí mismo en la humildad de la realidad del quien soy sin pretensiones. Un sacerdocio del silencio y de la quietud, donde se templa la acción, se purifica la intención y se trabaja desde esa fuerza interior que el Espíritu de Dios impulsa.

La respuesta espiritual a la pandemia es el cultivo de la interioridad, el trabajo espiritual, recibiendo la gracia de Dios, una luz que atraviesa nuestras sombras para llegar al yo más verdadero, aquel que está más allá de todos los artificios de la existencia. Cristo, el hombre y Dios verdadero, es el camino, nada de lo nuestro, lo humano le es ajeno y todo lo divino le pertenece y nos lo dona.

 Lugares de interioridad

Las comunidades cristianas, parroquias y movimientos, pueden convertirse en estos lugares y espacios de interioridad en donde se podrá cultivar la dimensión primariamente sacerdotal de la experiencia de fe, es decir la unión con Dios.

El llamado a la conversión pastoral es, ante todo, una conversión fuertemente espiritual. Las comunidades tienen que superar esa imagen de “estaciones de servicio sacramentales”, lugares solamente de trabajo, de planificación o evaluaciones pastorales, donde se suceden actividades de una agenda cada vez más cargada pero dispersa.

Superar el espacio puramente practico, y devolverle sobre todo lo que es en verdad, un foco de cultivo y búsqueda de interioridad, espacio físico donde no voy a “trabajar”, o “cosechar” sino que en primer término me voy a alimentar de algo que no tengo y que otros lugares no me pueden dar: el misterio de Dios, el silencio, la adoración, la Eucaristía.

Solo “cultivados en Dios” junto a otros hermanos en el mismo camino podremos responder a las necesidades del pueblo que nos rodea. Donde la pregunta fundamental sería ¿Qué parroquia, comunidad quiere Jesucristo?, ¿Qué haría Él en mi lugar? ¿es realmente nuestro testimonio el testimonio de nuestras vidas, más que el de un determinado trabajo, horario o servicio pastoral? Llevaremos el tesoro de la fe en nuestras vasijas de barro, contentos de poder compartir aquello que nos llena, que nos nutre, que nos capacita. Sin interioridad no podrá darse una misión fructífera, ni atrayente.

El silencio, la contemplación, la practica espiritual profunda, nos convertirá en apóstoles de este tiempo, convencidos que no el “mucho saber o hacer harta y satisface el alma”, ni el mucho hablar o planificar, ni tampoco el estar mediáticamente en todo, sino el sentir y gustar todas las cosas y relaciones internamente. Que podamos animarnos personal y comunitariamente a este salto hacia la interioridad, lugar que tanto anhelamos y del que tanta sed tenemos.

Texto: P. Javier Rojas, SJ (@jrojassj); P. Sergio Federico Castro (@sergiofedericocastro); Ilustración: Pablo Grando  @pablo.grando

[1] Bendición Urbi et Orbi, 27 de marzo 2020.

 

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