El deseo del corazón

Ahondar

Los deseos que nos mueven son muy diversos. Los motivos que nos hacen ir de un lugar a otro todo el día son muy distintos y las razones por las que nos levantamos cada mañana para emprender un nuevo día, muy diferentes. Pero en el fondo todos buscamos lo mismo: ser felices.

Ahora bien, la felicidad auténtica está ligada al amor, a la experiencia de amar y de sentirnos amados. Buscamos esa plenitud de vida que llamamos «felicidad» porque es lo que necesitamos para seguir viviendo. Pero, ¿qué felicidad es la que buscamos?

Debemos tener claro que no fuimos creados para «ser felices», sino para amar y ser amados. La felicidad no es ni el principio ni el fin último del ser humano, sino el Amor. La felicidad es la consecuencia o añadidura del crecimiento y madurez en el amor, son los momentos en que verificamos que el proceso de crecimiento está en marcha. Cuando crecemos y maduramos en el amor somos felices. El principio y el fin de nuestra existencia es el amor. Por amor y para amar hemos sido creados. Aprender a amar es lo que nos hace felices.

Nos equivocamos con facilidad llamando «amor» a lo que no es, y felicidad, a unos pocos destellos de euforia. El amor y la felicidad son experiencias que están ligadas entre sí, la primera es principio y fundamento de la segunda. Amar, amarse y sentirnos amados es lo que nos da la plenitud de la vida que llamamos felicidad. No existe felicidad fuera de esta triple dinámica amorosa.

Toda búsqueda de “mi felicidad” sin amor será siempre una burda caricatura de la plenitud.

El verdadero amor nos hace salir de nosotros mismos en una aventura hacia el encuentro del otro. Amarse a sí mismo nos coloca en un camino de aceptación y reconciliación de toda nuestra realidad creatural. Y la experiencia de la gratuidad del amor que recibimos de Dios y de los demás, sin mérito de nuestra parte, nos hace experimentar la felicidad.

Aquellos hombres de oriente, ricos al parecer por los dones que ofrecieron al niño Jesús, necesitaban de algo más que sus riquezas o prestigios. Aquellos hombres se pusieron en marcha siguiendo un anhelo, un deseo, un impulso interior reflejado en aquella estrella que los condujo por el desierto. Salieron en búsqueda de una plenitud que no tenían y lo hallaron recostado y envuelto en pañales en un pesebre. Jesús es la plenitud que buscamos, el amor que anhelamos y el impulso vital que nos hace vivir plenos al sentirnos amados de manera única e incondicional. Amar a Jesús y sentirnos amados por Él, nos hace felices.

P. Javier Rojas, SJ

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