En el límite de nuestras fuerzas

Ahondar

«Cuando lo que creíamos ser se derrumba, se revela quienes somos en verdad»

¿Por qué encontramos a Dios cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas? Porque cuando ya no podemos sostenernos por nuestros propios medios abrimos los brazos, como los niños, buscando sentirnos seguros en su abrazo. Cuando nuestras fuerzas ya no pueden sostener nuestra lucha, cuando nuestro ingenio no es suficiente para encontrar una salida o cuando nuestras capacidades humanas ya no responden, no queda más que dar el salto. Y ahí está Él, esperándonos… siempre ha estado ahí. Tal vez sea por interés, o porque simplemente “no te queda otra”, creo que todos hacemos lo mismo, todos esperamos lo mismo: el abrazo de Dios en el límite de nuestras fuerzas.

Tal vez sea el lugar escogido por Él para hacernos sentir su fuerza y amor. Cuando quedamos despojados de poder y autosuficiencia podemos aceptar y reconocer quienes somos en verdad y quién es Él. Creo que es el mejor momento para encontrarse con la propia verdad, con el Amor de un Padre que espera pacientemente, y que sabemos que no reclamará nada. En ese límite se encuentran nuestro anhelo y el deseo de Dios, nuestro sueño y su proyecto, nuestro amor y el suyo. Ahí, en ese límite al que llegamos la mayoría de las veces cansados y mal trechos, agobiados y derrumbados, se renuevan nuestras fuerzas, se enderezan nuestros pasos y adquirimos una nueva conciencia, gracias a la luz que recibimos de Dios.

Es como si las escamas de los ojos, que tan ciegos nos tenían, se cayeran de una vez por todas y descubrimos que estábamos alejados de nuestros ser más profundo; que andábamos extraviados. Todos llegamos alguna vez a este límite, a ese momento en la que nuestra pseudo-omnipotencia se derrumba por completo. Esa instancia en que nos vemos confrontados por una realidad que nos abofetea con crudeza. En el límite de nuestras fuerzas, ese poder que creíamos tener se esfuma, desaparece por completo, y surge del interior de nuestro ser la verdadera fortaleza. Cuando todo lo que creíamos ser se derrumba, se revela quienes somos en verdad, nuestra naturaleza, nuestro destino y a lo que hemos sido llamados. Ese límite, como ha dicho un autor conocido, es sanador. Nada es más sano que encontrarse con lo que uno es en verdad y dejar atrás la mentira de lo que «nos gustaría ser». Hay más «ser» que descubrir y desplegar dentro de nosotros, que posibilidad de vida plena en la quimera de nuestra fantasía, cuando pensamos en lo que nos gustaría ser.

Desconocer la propia verdad es la ruina de nuestro ser, es como condenar a la luz que hay en nosotros a permanecer en la oscuridad. Lo que somos, los recursos internos y posibilidades con las que contamos son inmensas, pero no podremos llegar a ellas y desarrollarlas, si las desconocemos. No llegaremos a ese centro vital sin una renovación de mente y corazón. Las puertas de nuestro interior no se abren para quien no ha abandonado por completo la fantasía de vivir lo que no es. En el límite de nuestras fuerzas nuestra mente y corazón se armonizan y se conectan. En ese momento de “precariedad” nuestro espíritu encuentra la Fuente de Sabiduría interior que tanto tiempo tuvimos olvidada. Nuestra vida ya no será la misma, ya no será posible volver atrás, porque una vez que atraviesas las puertas de tu interioridad todo se ve distinto, contemplas la realidad por primera vez tal cual es. No temas llegar a Dios en el límite de tus fuerzas porque ahí te espera. Solamente cuando te hayas despojado de toda seguridad externa podrás aferrarte a la verdadera fuerza que anida en ti. ¡Anímate a dar el salto!

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