¿Es posible liberarse del sufrimiento?

Ahondar

«Sufrimos cuando sentimos que perdemos el control de algo»

No sabría decir en qué porcentaje, -si se puede expresar así-, pero los sufrimientos que padecemos están más localizados en nuestra mente, más precisamente, en nuestros pensamientos, que en cualquier otro lugar del cuerpo. Antes que nada, es preciso mencionar la diferencia que existe entre el dolor y el sufrimiento porque no son lo mismo. Sentir dolor en alguna medida es saludable porque forma parte de la vida, del crecer, del madurar, está integrado al proceso vital y es uno de los maestros de la vida. El dolor, aunque nos cueste reconocerlo, nos hace descubrir dimensiones de la vida que de otra manera permanecerían ocultas.

Cuando integramos el dolor, estamos afirmando la vida en nosotros, y esta es una experiencia que nos hace crecer y madurar, más allá de lo desagradable que nos pueda resultar. En el sufrimiento, por el contrario, el que padece no es nuestro físico sino nuestro ego. Es fácil darnos cuenta cuando sufre el ego. Por ejemplo, si alguna persona nos da un pisotón o un empujón no nos duele tanto en el cuerpo como nos duele en el ego. Nos enoja el hecho de que no hayan sido cuidadosos, atentos ni respetuosos con nosotros. “¡Cómo no va a tener cuidado! ¿No sabe que estoy pasando yo por aquí?” Cuando el ego nos duele, sufrimos.

El sufrimiento tiene más un carácter mental que físico. Anida en los pensamientos, en la mente, más que en cualquier otro lugar. Sufrimos cuando sentimos que perdemos el control de algo, por ejemplo. Cuando nos dejamos llevar por las cavilaciones sin darnos cuenta de que nos hemos sumergido en una montaña rusa. Cuando no aceptamos lo sucedido, buscamos justificar el error o encontrar una persona a quién responsabilizar. Nos apegamos a los pensamientos creyendo que nos darán algún tipo de solución sin darnos cuenta de que en la mayoría de las veces complican mucho más la situación. ¿Por qué ocurre esto? Porque hemos otorgado a nuestros pensamientos un criterio de verdad incuestionable. Creemos que es verdad todo lo que pensamos. Estamos convencidos de que si «yo lo pensé» es así, y si es así como «yo lo pienso» entonces es verdad, y como es verdad entonces es «real». ¿Cómo es posible salir de esta situación? La meditación es un camino maravilloso para quitar a nuestros pensamientos la autoridad que le hemos otorgado.

En el silencio de la meditación aprendemos a tomar distancia de ellos, a observarlos sin implicarnos en ellos, a despegarnos del ego y a desdramatizar las situaciones que vivimos. El monólogo del ego está lleno de reclamos, reproches, rencores, que son perjudiciales para uno mismo y para los demás. Necesitamos recuperar el gobierno de nuestra vida, dejando que sea la sabiduría que anida en nuestro interior, y no los pensamientos egocéntricos, la fuente que nos nutra en el proceso de crecimiento y madurez. El sufrimiento del ego nos estanca y no nos deja fluir con la vida, con lo que sucede; nos boicotea el proceso de aceptación de lo “es”, por lo que “debería ser”, y esto nos hace sufrir.

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