Hacia el encuentro conmigo mismo

Ahondar

«¿Quiénes somos, de qué estamos hechos, cuál es nuestro destino?»

Aunque pueda parecer egoísta, encontrarse con uno mismo es la piedra fundamental para aprender a encontrarse con Dios y los demás. El anhelo de estar en paz con uno mismo y con los demás, de unidad y comunión, subyace en todos nosotros. Buscamos habitar la propia vida, estar centrados, conocer quiénes somos, de que estamos hechos y cuál es nuestro destino. Solamente así los demás serán ellos mismos, libres e independientes, y no lo que queremos que sean para nosotros. Necesitamos volver a nuestra interioridad porque desde allí todo se ve más claro y transparente. En ese espacio sagrado habita el Ser que nos da ser, el Amor que alimenta nuestro amor, la Fuerza que sostiene nuestra vida, la Sabiduría que nos enseña a distinguir y discernir, en definitiva, la Vida que da sentido y horizonte a la existencia de cada persona.

El individualismo empaña el anhelo de encontrarnos con los demás, pero no debemos confundirlo con la interioridad que nos conecta con nuestro ser y que nos lanza hacia el encuentro con el otro. No creas que el individualismo es solamente una tendencia a obrar según los propios criterios y voluntad, es algo más triste aún. Es, en primer lugar, una pérdida de contacto con el mundo interior y como consecuencia, una falta de conexión real con los demás. Individualismo no es sinónimo de interioridad sino de ensimismamiento que nos desconecta de Dios, de uno mismo, del otro y de la realidad. La interioridad nos ayuda a encontrarnos con Dios, con nosotros mismos, para saber estar con los demás y con lo que nos rodea.

Intenta recordar por un momento cuándo fue la última vez que te sentiste verdaderamente unido a otra persona, por las razones que hayan sido, y te darás cuenta de lo esponjada que se sentía el alma, la vida, y la propia existencia. Es como si en tu interior algo se hubiera emparejado, armonizado, alineado, con algo mucho más grande. Es como si por dentro se abriera una represa de agua e inundará todo un vasto campo que antes estaba seco. La cercanía, la unidad, la comunión con los demás nos nutre. Ahora haz el esfuerzo por traer a la memoria lo que has sentido cuando estuviste separado de los demás. Esa distancia o soledad se vive, como algo extraño a la propia naturaleza. Vivimos como si nos faltara algo, nos sentimos incompletos. El silencio y soledad pueden ser un vacío muy difícil de sobrellevar cuando no son frutos del Espíritu, sino consecuencias del ensimismamiento.

Nos hemos alejado tanto de nosotros mismos que hemos perdido la unidad y comunión con nuestro propio ser interior, y ésta es la causa de que muchas veces nos sentimos solos aun cuando estamos rodeados de una multitud. La base de un verdadero encuentro con los demás está en la aceptación de uno mismos y en la comunión con Dios. Estamos llamados a habitar nuestro mundo interior y no a vivir como extraños o forasteros en nuestra propia casa. La meditación es ese regreso constante al hogar, a estar en Dios. Es el camino para encontrar la unidad y la comunión con uno mismo en Dios.

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