Iluminados desde dentro

Ahondar

¿Quién no ha sentido alguna vez miedo a amar o a dejarse amar? ¿Quién no ha experimentado el vértigo que suscita salir del propio amor, del propio querer e interés, para «perderse» por completo en Aquel por quien nos dejamos amar?

Ninguna otra experiencia nos transforma tanto a las personas como cuando nos sentimos amados de manea única e incondicional, y cuando esa es una experiencia que acontece y florece en lo profundo de nuestro ser. Tan acostumbrados estamos a esperar que el amor venga del aprecio y del reconocimiento de los demás, desde afuera y muchas veces bajo condiciones bien estipuladas, que cuando experimentamos un amor gratuito se nos ilumina el rostro y se enciende el alma.

Saborear un amor así, aunque nos cueste admitir por lo complejos que somos, es de lo más simple y sencillo. Pero si es así, ¿por qué, entonces, nos cuesta trabajo experimentarlo? Porque para sentirlo hay que reconocer, primero, que somos «nada». Somos «nada» con ilusión de «ser alguien». Así es como soñamos nuestra vida: «ser alguien» a imagen y semejanza de nuestras propias leyes y criterios formulados en una mente que no busca otra cosa que la propia gloria humana. Hemos de reconocer que nuestra única y mayor riqueza a la que podemos aspirar en esta vida, es gozar de ese amor que nace de lo alto y en lo profundo de nuestro ser. Nuestra dignidad, el valor de lo que somos está en ese amor. Y hemos de aceptar también que ese amor será siempre entregado por Dios, será gratuito, y jamás podrá ser manipulable. Tenemos primero que reconocer que somos «nada», «incompletos» y llenos de necesidades insatisfechas, para vivir prendidos, humildemente, de ese amor que es vida nueva. Reconocer esto es un duro golpe a nuestro falso yo, que se cree tan lleno de todo, y sin embargo, tan carente de lo esencial.

Si deseamos que ese amor que transforma e ilumina el alma desde dentro tenga cabida en nosotros, debemos reconocer primero que ese amor gratuito no será «posesión» nuestra, no seremos dueños de ese amor, ni podremos gobernarlo a nuestro antojo, siempre será de Dios un don gratuito, y nosotros mendigos, pobres y necesitados de ese amor. La fiesta de la Transfiguración no es sino el reflejo de ese amor divino entregado por completo al Hijo. En su rostro resplandeciente y en sus vestiduras blancas se trasluce el amor que enciende la vida del hombre hasta una magnitud inimaginable. Jesús nos invita a sentirnos amados, a sentirnos hijos, a experimentar realmente la relación que existe entre Dios y cada uno de nosotros. Esto es lo que aconteció en el monte Tabor aquel día. Se manifestó el amor de Dios en Jesús, de tal manera, que irradió una luz en el rostro y sus vestiduras se volvieron resplandecientes.

No existe una experiencia más transformadora que la de sentir el amor divino en las venas del alma. Pero aquel día, no sólo el amor y la gloria de Dios quedó de manifiesto, sino también el miedo y en anhelo de control que subyace siempre que perdemos protagonismo. Dos experiencias al parecer contrarias, pero que sin embargo van juntas. ¿Quién no ha sentido alguna vez miedo a amar o a dejarse amar? ¿Quién no ha experimentado el vértigo que suscita salir del propio amor, del propio querer e interés, para «perderse» por completo en Aquel por quien nos dejamos amar? Así es. El amor y el miedo van juntos. Fue Pedro el que esbozó ese miedo de manera creativa diciendo «Señor, ¡qué bien estamos aquí, si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías!» Lucas en su evangelio señala: «Estaba tan asustado que no sabía lo que decía», refiriéndose a Pedro.

En todas las religiones «el amor exige la entrega». Es el acto más grande de vaciamiento de uno mismo. El que recibe el amor de lo alto, se ama, está en referencia a Dios, a los demás, a los otros, y no en referencia a sí mismo, que es como el ego pretende controlar todo. El amor que viene de dentro de nosotros mismos nos hace salir para entregarnos a los otros. La gran diferencia entre el amor que procede de lo alto y surge en nuestro interior del que viene de afuera, de la periferia, es que mientras el primero nos impulsa hacia los demás, el otro nos encierra en nosotros mismos. Dejar que Dios nos ame es el momento del ocaso del ego y la pérdida del control. El Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, esa es la acción del amor: Amar a otros. Por eso es tan ridículo lo que el miedo hace decir a Pedro: «Armemos tres carpas». Sería como decir «quedémonos aquí nosotros que nos amamos tanto» En el amor, el egoísmo es lo más ridículo que existe.

El amor verdadero es el que surge en nuestro interior y nos proyecta a los demás. En esto podemos verificar su autenticidad. Quien dice estar lleno del amor de Dios y sigue «tomando sopa en el orificio de su ombligo» solo está lleno de sí mismo.

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