Recursos humanos

Ahondar

«Tenemos ante nosotros una batalla constante: vivir en la verdad o en la mentira »

Siempre he creído que el ser humano cuenta con recursos internos para hacer frente a las contrariedades que se presentan en su vida, cualesquiera sean. Esos recursos están en el centro vital del que brotan la creatividad, la fuerza, la pasión, el amor, la bondad, en definitiva, todo lo que se necesita para tener una vida plena, para crecer y madurar. Pero para llegar a ese centro necesitamos primero soltar los apoyos externos sobre los que nos afirmamos para vivir. La mayoría de nosotros recurre a seguridades externas, que pueden ser muy variadas: desde el dinero, el poder, el trabajo, la posición social, o cualquier cosa que se nos ocurra para sostener nuestra existencia. Aunque nos parezca extraño, no siempre encontramos el camino que nos lleve a ser conscientes de ese centro vital. Me animaría a decir que vivimos comúnmente en la periferia de nuestro ser, allí donde el ego tiene su reinado y gobierna nuestra vida.

¿Qué es el ego y de qué manera nos impide llegar al centro vital de donde nace el verdadero impulso a la vida? El ego puede definirse de muchas maneras, pero me gusta la perspectiva que encontré en un autor que lo define así. «El ego se define como el conjunto de maneras de mirarse, juzgarse, considerarse y tratarse a uno mismo» y agrega que es, «como el conjunto de los apegos a uno mismo, a la propia imagen». Otro autor, bellamente, lo define como «el pequeño ignorante y carenciado». El ego es ignorante porque desconoce su verdadera naturaleza, y otorga a sus sueños y fantasía un carácter real. El ego tiene carencias de tipo afectivas y psicológicas, necesita sentirse querido y valorado, deseado y considerado, sentirse seguro y fuerte. De esta ignorancia y carencia, debemos despertar para dejar de buscar instancias compensatorias, para sentirnos queridos y valorados. Por esta ignorancia y carencia el ego se dedica a cuidar su imagen, a cultivarla, para verse ante los demás como le gustaría ser.

La manera de salir de esta somnolencia es aceptar la ilusión sobre la que hemos montado nuestra vida. Hemos olvidado nuestros recursos internos, o lo que es peor, aún no sabemos que existen. El ego es lo contrario a la verdad y lo opuesto al desapego, porque vive en la ilusión y se aferra a todo cuanto puede garantizar su poder y hegemonía en nuestra vida. Dios es el primer interesado en que accedamos a ese centro vital y que tomemos allí contacto con Él para desplegar juntos nuestros recursos internos.

No podemos vivir enroscados. Debemos desplegar lo que somos para que nosotros mismos y los demás, vivamos más plenamente. No solamente necesitamos conocer quiénes somos en realidad y la verdad de nuestra naturaleza, sino también los demás deben beneficiarse del don que somos.

Dios permite que atravesemos por crisis profundas que derrumban nuestras ilusiones y seguridades externas. Cuando esto ocurre nos enfrentamos a la batalla más importante: vivir en la verdad o según la ilusión del propio ego. ¿En qué consiste esa lucha? En desmentir la idea preconcebida de felicidad. La felicidad no está fuera, sino dentro de nosotros mismos. Cabe distinguir que no estamos hablando del ego que es sano, sino de ese ego “malo” que busca hacernos creer que la verdadera felicidad está fuera de nosotros, en lo que podemos conseguir o alcanzar, y nos hace olvidar, o desconocer, que nuestro valor principal está en sentirnos amados por lo que somos y no por lo que tenemos. No habremos hecho nada grande por lo que merezcamos ser recordados hasta que no nos encontremos con nosotros mismos en Dios.

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