En un mundo descorazonado

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«7 Entonces Natán dijo a David: Tú eres aquel hombre. Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: `Yo te ungí rey sobre Israel y te libré de la mano de Saúl. 8 `Yo también entregué a tu cuidado la casa de tu señor y las mujeres de tu señor, y te di la casa de Israel y de Judá; y si eso hubiera sido poco, te hubiera añadido muchas cosas como éstas. 9 `¿Por qué has despreciado la palabra del SEÑOR haciendo lo malo ante Sus ojos? Has matado a espada a Urías el Hitita, has tomado su mujer para que sea mujer tuya, y a él lo has matado con la espada de los Amonitas. (2Sam 12, 1-9)»

Admirar

 «Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha mirado la pequeñez de su servidora»

Lc 1, 46-48

Admirar es una acción muy cotidiana. Es una actitud sencilla que se oculta a los ojos de los demás porque acontece dentro de nosotros. Hay quienes dicen que es la cualidad de los santos que gustaban las cosas, como lo hacía María la madre de Jesús, y la guardaban en su corazón. De hecho, la «sabiduría» que tiene su raíz en el verbo «sabor» hace referencia al que saborea las cosas en su interior. Quienes admiran y saborean, gustan, de los acontecimientos de su vida internamente pueden traspasar el límite del conocimiento lineal para unirse místicamente con Dios.

¿De qué depende la admiración? De la capacidad para mirar los acontecimientos de nuestra vida con disposición interior para agradecer y aprender. Es una receptividad activa que permite comprender de qué manera los hechos, acontecimientos, y situaciones que acontecen en nuestro alrededor resuenen dentro de nosotros. La admiración hace posible que la vida cotidiana resuene en nuestro interior con nueva luz, nos haga comprender cómo impacta en nosotros lo que ocurre a nuestro alrededor y de qué manera nos moviliza. La «nueva inteligencia» que surge nos ayuda a comprender cómo actuamos nosotros a partir de los acontecimientos que ocurren en la vida cotidiana. Rompe, de alguna manera, el cascaron de la realidad que estaba oculto a nuestros ojos para revelarnos el grado de implicación que tenemos nosotros en lo que vemos y observamos.

Existe a nuestro alrededor tantas dinámicas de vida como de muerte. Hay tantas personas llenas del Espíritu de Dios que desean colaborar con el proyecto del Reino, como quienes parecen buscar la degradación del ser humano y su destrucción. Tú, ¿dónde te ubicas ante esta realidad? El amor en el mundo nos moviliza a realizar el bien, nos seduce, y nos convoca, pero también existen otras fuerzas que pueden colonizar nuestro corazón y nos mueven hacia a la muerte.

La actitud de admirar nos ayuda a situarnos en una de las grandes batallas en nuestra vida: vivir conforme al proyecto de Dios o morir a través de la degradación del ser humano.  Es una batalla espiritual la que tenemos por delante en el mundo. El mundo padece de las mismas enfermedades que el corazón humano, puesto que nuestros desordenes interiores enferman al mundo. Por ejemplo, una de las fuerzas más destructivas y mortíferas del ser humano y del Reino de Dios es la envidia.

Esta enfermedad del alma como se le conoce en la tradición monástica es una forma degenerada de la admiración. Dice Jesús en el evangelio «La lámpara del cuerpo es el ojo: por tanto, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará lleno de oscuridad. Si tu fuente de luz está a oscuras, ¡cuánta oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).

El envidioso padece una enfermedad que le oscurece el alma. Así como la persona que sabe admirar queda maravillada ante la grandeza, la majestuosidad, la belleza de lo que contempla, el envidioso queda fascinado, pero le pesa sobre sus hombros. El envidioso no puede trascender lo que ve, porque en realidad sólo se ve a sí mismo sin aquello que está ahí para admirar y no puede poseer. El envidioso es un ególatra que mira el mundo por el orificio de su ombligo.  No cree que exista algo bueno fuera de sí mismo. La envidia es un sentimiento tan amargo para el alma que le hace perder el sabor de la vida. «La envidia es un sentimiento que, desgraciadamente, nace ya en la infancia, sobre todo en las relaciones familiares, y en particular allí donde hay hermanos o hermanas. La Biblia nos ofrece numerosos ejemplos: Caín envidia a Abel (cf. Gn 4,3-5), los hijos de Jacob envidian a su hermano José (cf. Gn 37,5-8). El envidioso es aquel que se siente excluido de un bien poseído por el otro que está a su lado: el bien del otro se sufre como un mal propio. Quien es cautivo de esta patología mira con malos ojos (envidia de in-videre) la felicidad, el bien, la virtud del otro, hasta desfigurar su imagen y su realidad, hasta concentrar todos sus propios deseos sobre aquello que los demás poseen. En definitiva, ¿qué es la envidia sino la contradicción del mandamiento: «No codiciarás los bienes de tu prójimo» (cf. Ex20,17; Dt 5,21) (Enzo Bianchi, Lucha por la vida, Santander, Sal Terrae, 2012, p.157)

Muchos sociólogos dicen que la envidia es el mal social del tiempo actual y muy difundido.

Otra dinámica del mundo que enferma y degrada al ser humano y el proyecto del Reino de Dios es la tristeza. La tristeza –definida por Evagrio como «gusano del corazón»— se insinúa en el corazón del hombre y lentamente corroe toda su vida, como hace la polilla con la ropa (cf. Prov. 25,20): si no se combate, esta termina por habitar dentro de nosotros como un inquilino estable y cada vez más difícil de desalojar. Sí, la tristeza es el «no placer» por excelencia: esta «despoja de todo placer y aridece el corazón»; la tristeza está en la raíz de la depresión nerviosa, porque conduce al sentimiento del sinsentido de la vida, a un estado de letargo en el que la vida aparece sin luz, sin esperanza: la vida se vuelve, en una palabra, invivible. Resulta significativo que dos salmos presenten como estribillo el versículo: «¿Por qué estás triste, alma mía, por qué estás gimiendo?» (Sal 42,6.12; 43,5).  ¿Por qué permanece la tristeza como una sombra en lo más profundo de nosotros, como un zumbido que no deja de atormentarnos? A veces son los sufrimientos padecidos injustamente, las contradicciones reales de nuestra vida, la constatación de la frustración de nuestros deseos, incluso de aquellos más nobles y justos, los que generan la tristeza en nosotros (Enzo Bianchi, 2012).

¿Cómo luchar contra la tristeza? La vida y la realidad ciertamente nos contradicen en muchos modos, pero ¡ay del que cree poder vivir en un mundo dorado y exento de frustraciones!

¡Ay del que se alimenta de nostalgias imaginarias o de esperas imposibles! Por el contrario, si nos ejercitamos en aceptar las contradicciones cotidianas, si a pesar de nuestros sufrimientos sabemos acoger y elaborar nuestras heridas, entonces podremos también abrirnos a ese consuelo que viene de Dios y de la comunión con los hermanos. Es preciso, además, recordar que para los cristianos el gozo no es fruto de una disposición interior de tipo psíquico o emotivo, sino que se conjuga en imperativo, es un mandato apostólico: «Alegraos, permaneced siempre alegres» (2 Cor 13,11; Flp 2,18; 3,1; 4,4; 1 Tes 5,16; cf. Rm 12,12.15; 1 Cor 12,26). No se trata, pues, de un sentimiento vago y espontáneo, sino de un estado que se debe buscar con esfuerzo y empeño. Es gozo «en el Señor» (Flp 4,4.10), en primer lugar, en cuanto gozo del Señor, del Dios que se alegra y comunica su gozo a los que él ama; y en el cristiano dicho gozo nace del vivir «en Cristo», del saber que Cristo vive en él (cf. Gal 2,20).

Es preciso obedecer decididamente el mandato del gozo y ejercitarse en él viviendo en plenitud el momento presente, de manera que experimentemos que ni el pasado ni el futuro pueden determinar nuestra vida, sino solo el hoy de Dios. Verdaderamente el cristiano debería abrir cada jornada, debería empezar el día con las palabras del salmista: «¡Ojalá escuchéis hoy su voz!» (cf. Sal 95,7), disponiéndose al mismo tiempo a dar gracias a Dios por haber sido creado (Enzo Bianchi, 2012).

¿Existe algún antídoto contra la envidia? Sí, la gratitud, es decir, el saber dar gracias, el ser capaz de asombrarse del bien, quienquiera que lo realice, el saber ver con buenos ojos todo lo que florece a nuestro alrededor… solo quien sabe reconocer y estar agradecido por el bien realizado por los demás, es capaz de «hacer el bien», de purificar su obrar, de elevar su acción de gracias a Dios por todo lo que realiza en la historia y en la vida de todo ser humano. Ha aniquilado el sentimiento de envidia dentro de él quien sabe decir: «Todo el bien que he logrado hacer, lo he hecho gracias a los demás que están conmigo: sin estos hermanos míos, sin estos amados míos, no habría logrado hacer el poco bien que he realizado».

La avaricia es otra de las enfermedades del alma que asecha la vida de las personas y destruyen el proyecto de amor a los demás.

Consumismo es una de las modalidades que de la avaricia. Es un desorden que convierte a una persona en un ser ávido por obtener cosas y acumular todo cuanto puede. Es una persona que vive «atragantada» e insensible a las necesidades de los demás. No tiene la capacidad de saborear o de gozar lo que obtiene, siempre está buscando «algo más que tragar». Vive temeroso de que “se le escape” lo que atesora y se vacíen sus alforjas, por eso es incapaz de compartir lo que tiene. La avaricia, es una enfermedad del alma que se manifiesta por la avidez de poseer bienes materiales, pero también está presente en el deseo de adquirir “bienes espirituales” con el solo objetivo de que le otorguen prestigio ante los demás. ¡El avaro “espiritual” va por la vida buscando ser considerado santo! Se cree una persona segura, pero en realidad es muy frágil y vulnerable, que busca apoyarse en lo que tiene.

El varón y la mujer materialistas descorazonan el mundo. Arrancan lo más maravilloso que tienen. El mundo es el lugar creado por Dios para experimentar, saborear, disfrutar con los demás los bienes. Es un lugar para aprender lo que significa «amar». Quien teme perder lo que posee ha decidido dar a las cosas poder sobre sí mismo. Es un esclavo de sus posesiones, un ser poseído por las cosas. El avaro “espiritual” puede ser austero externamente, pero en realidad exige ser considerado como “especial”. Considera que debe ser tratado de manera diferente al resto por las riquezas espirituales que atesora en su interior. El avaro “espiritual” se apoya en los halagos y consideraciones de los demás para sentirse seguro.

La avaricia, ya sean material o espiritual, es una de las esclavitudes más comunes. El avaro es un hombre miserable disfrazado de riquezas. Un rico-pobre. Es una persona que se percibe frágil y que necesita recurrir al poder que le otorgan sus posesiones. Tiene de sí mismo una imagen corroída y ennegrecida, por eso oculta su fealdad detrás de sus conquistas.

Estas tres enfermedades, de las nueve que existen en la tradición monástica según el padre del desierto Evagrio el Pontico, son las que dañan nuestras relaciones, vínculos, ambientes, en definitiva, el mundo. Reconocerlas en nosotros y en el mundo a la vez nos ayuda a determinarnos para descartarlas y elegir las dinámicas de vida que «dan verdadera alegría y gozo espiritual que es propio de Dios y de sus ángeles» [EE 329]

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