El regalo de la fidelidad

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“Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lc. 2, 13-14).

Se dice, según el testimonio bíblico, que es tarea de los ángeles custodiarnos en nuestro tránsito por la vida. Dios tiene la delicadeza de no dejarnos solos: primero, porque Él mismo en Jesús se hizo uno de nosotros -es lo que celebramos en navidad-, y luego porque nos regala una compañía angélica, que nos custodia en nuestra itinerancia terrenal. La Iglesia, siguiendo las Escrituras, nos enseña que los ángeles tienen la misión de anunciar al Señor, de ahí la palabra “ángel”, que viene de mensajero. Nada define mejor la misión de un ángel que la fidelidad y prontitud para anunciar lo que Dios pide. La espiritualidad ignaciana en esto nos ayuda, porque como dice San Ignacio: “propio es de Dios y de sus ángeles, en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce.” (EE. 329). Los ángeles vienen en nuestra ayuda, soplando el rescoldo de nuestros pensamientos y de nuestra vida espiritual -a veces algo dormida- con el regalo de la alegría espiritual: es lo que nos relata el Evangelio de la navidad (Lc. 2, 1-14): la alegría de los ángeles se contagia, porque los pastores salen en plena noche hacia Belén a ver al chico que recién nació de madre Virgen: ¡Cosa de no creer! Como nos pasa a nosotros, cuando nos topamos con esas personas que, más con su presencia que con sus discursos, nos comunican esa alegría que el mundo no puede darnos (Cf. Jn. 16, 22). Hace unos años terminé por entender, no sin asombro de mi parte, que la navidad es propiedad exclusiva de los chicos: ellos son los que mejor esperan el misterio, porque tienen el corazón puro, generoso. Pero nosotros, ya crecidos, podemos buscar recuperar ese corazón de los chicos: ¿quién es capaz de creer en el chico que nace pobre en plena noche de una madre Virgen? ¿cómo podemos creer en ángeles que corean en la noche el nacimiento de alguien, que nace al margen de la sociedad… y en medio de la mugre de un establo?… Creer exige pequeñez, no hay más opción que hacernos chicos; sino no solamente que no vamos a entender nada, también -y peor- nos quedamos afuera del misterio que se nos regala.

Si miramos el relato evangélico de la navidad vemos que los ángeles, luego de anunciar el nacimiento de Jesús a los pastores, terminan coreando en el cielo. El Evangelio habla de “una multitud del ejército celestial”, que cantan el “Gloria”, ese canto precioso que solemos cantar en nuestras misas. Por eso, me nace pensar qué entendemos por “gloria”, porque es una palabra que usamos mucho, hablamos de dar gloria a Dios. ¿De qué se trata esta gloria que confiesan los ángeles? Me viene automáticamente la afirmación de San Ireneo, un grande de la fe de los primeros siglos, quien dice que la gloria de Dios es que el hombre viva. Lindo, nos hace bien: cada uno da gloria a Dios viviendo, la vida aparece como su gloria. Visto así, tiene sentido el canto de los ángeles, que glorifican al Creador porque nace Jesús, vida nueva que renueva todo.

A la gloria que damos a Dios con nuestra vida la podemos llamar ahora fidelidad, que no nos es lejana, como si lo de los ángeles nos quede del otro lado del mundo, nada más mentiroso que eso. Tenemos ejemplos cercanos de fidelidad, podríamos repasar nuestro entorno y seguro encontraremos ejemplos. A mí me gusta ver que esa fidelidad de los ángeles, puede ser un regalo precioso que podemos hacer a Jesús que nace. Entendemos la fidelidad en lo que somos, en lo que tenemos a la mano, es decir, en las pequeñas cosas de cada día, en sostener, incluso con cansancio o dolor, nuestra ofrenda para servir a los demás: la pandemia nos presenta muchas instancias, por ejemplo, la paciencia con los demás, evitar herirnos con comentarios destructivos en casa, saber escuchar, sonreír cuando no queremos hacerlo, saber callarnos a tiempo, “ponerle onda” a las cosas cuando nos sacuda un poco la desesperanza.

Los santafesinos tenemos un ejemplo de esta fidelidad al Señor en la vida del Hermano Figueroa, quien se caracterizó porque, silenciosamente, supo mantener su fidelidad en servir en las cosas que, a los ojos de los demás son poco trascendentes, como atender la portería, tener paciencia con la gente difícil, sostener el amor en lo que hacía cada día, todos los días, toda la vida: ¿Qué es esto, sino dar gloria a Dios con la fidelidad de una vida entregada a servir a Cristo en los hermanos? “Por el Colegio de la Inmaculada han desfilado millares de hombres: Jesuitas, profesores y alumnos, entre los cuales muchos han sobresalido por sus capacidades, por sus logros (…) Sin embargo, ningún recuerdo, por más vehemente que sea, tiene la misma fuerza que aquel que se conserva del Hermano que atendía la portería.” (Alejandro Gauffin, S.J. Hermano José Marcos Figueroa S.J. Portero de la Inmaculada. pp. 58-59).

Y uno puede preguntarse en dónde radica eso que permanece y no se borra: es la fidelidad, que finalmente hace grandes a todos los hijos de Dios, cuando somos capaces de ser generosos en sostener la presencia de Dios en medio de las cosas más rutinarias y cotidianas. Después de todo, como los ángeles, pispeamos la mano extraordinaria de Dios que viene en medio de nuestras tareas habituales, cuando somos capaces de hacer con mucho amor las pequeñas cosas que tenemos que hacer.

Me nace pedirle a Jesús que nace de María Virgen, que nos regale a nosotros un poquitín más de esta fidelidad, que es capaz de sacarnos de nosotros mismos y llevarnos a servir a los demás, así como lo hicieron los ángeles, así como lo hizo el Hermano Figueroa. Que podamos salir al encuentro de los demás como los ángeles, coreando la gloria y anunciando con fidelidad en nuestra vida la presencia de Dios, que nace como uno de nosotros.

Marcos Stach, SJ

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