Nuestras luchas espirituales

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Ignacio de Loyola es uno de esos santos que, a pesar de la distancia y la cultura en la que vivió, tiene mucho que enseñarnos sobre nuestro camino espiritual y sobre nuestras luchas espirituales.

Cuando dicta su autobiografía a al P. Luis Gonçalves da Câmara comienza diciendo que «Hasta los 26 años de edad fue hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra.» Este comienzo “perfectamente” podría ser también unas de las primeras líneas de nuestra autobiografía antes de conocer, amar y seguir a Jesús.

Todos, de una manera u otra, hemos ido detrás de las «vanidades del mundo» y del «vano deseo de ganar honra» y, aun ahora, cuando ya encontramos a Jesús y decidimos seguirlo, podemos seguir siendo tentados de lo mismo.

Para que Ignacio pudiera desarraigar de su corazón aquellas búsquedas banales, el Señor lo hizo transitar por un largo camino de purificación. No le fue sencillo desmantelar el «modo mundano» de vivir para adquirir el «estilo de Jesús». Su camino fue doloroso y estuvo tentado de abandonar lo que había comenzado.

Para nosotros, en la actualidad, las expresiones «vanidades del mundo» y «vano deseo de ganar honra» puede sonarnos añejo y antiguo, pero no debemos olvidar que todos tenemos «búsquedas» que no coinciden con el camino espiritual que Jesús nos invita transitar y que tenemos que desarraigar del corazón «modos de vivir» que son ajenos al modo de ser de Jesús.

San Ignacio plantea el seguimiento del Señor como un camino de «lucha espiritual» y cada uno tiene la suya. Por aquellas «vanidades del mundo» y «vano deseo de ganar honra» Ignacio estuvo dispuesto a dar su vida, hasta que decidió entregarla a quien llamó «Rey Eternal».

Existen al menos tres luchas que podrían representar las «vanidades y el «vano deseo de ganar honra» que Ignacio nos cuenta en su autobiografía. Él tuvo sus luchas y nosotros tenemos las nuestras. Y tanto para Él como para nosotros el discernimiento espiritual será el arma más eficaz para descubrir las tentaciones del Mal Espíritu para no caen en ellas, y reconocer la acción del Buen Espíritu para seguirlo. Veamos brevemente esas tres luchas.

La primera lucha es la tentación de querer ser amado como «yo» quiero ser amado, y no aprender a amar.

El amor vanidoso vs el amor agradecido: Buscamos «ser amados» y no podemos negar esta tendencia fuerte de experimentar el amor y aprecio hacia nosotros. Nos gusta cuando alguien nos expresa su amor o muestra interés por nosotros. “Caemos de rodillas” ante las manifestaciones de aprecio de otra persona, pero queremos que ese amor, ese aprecio e interés por nosotros esté dentro de los parámetros que «yo» quiero y deseo. Quiero que me amen como yo quiero que me amen. Quiero que se interesen por mí o me aprecien como yo quiero. Este es el amor vanidoso. En realidad, al vanidoso no le importa cómo ama el otro, sino sentirse amado. El amor vanidoso busca la adoración, la exaltación de la persona, le gusta ser endiosado porque cree tener motivos para ello y busca que los demás lo reconozcan. Cuando buscamos ser amados así es porque todavía seguimos bajo el influjo mundano de la «vanidad y el vano deseo de ganar honra». ¿Qué aprendió San Ignacio? Que el amor es gratuidad, que el amor es un don que se derrama en nosotros, y que el Amor (con mayúscula) es quien nos funda en el amor y nos hace capaz de recibir y dar amor. El amor de Dios no se compra, se recibe.

La segunda lucha que tenemos que enfrentar es la tentación de privilegiar el tener en lugar de ser.

El tener dinero vs ser persona: La segunda gran lucha espiritual que enfrentó San Ignacio fue la de «disfrazarse de santo». Luego de que Ignacio decidiera cambiar de vida movido por las lecturas espirituales que tuvo durante su convalecencia, se puso en camino como un «peregrino» hacia Jerusalén porque quería vivir en la tierra de Jesús y entregar su vida a Cristo. Se sintió motivado por Santo Domingo y San Francisco de Asís, y se preguntaba «¿qué sería, si yo hiciese esto que hizo San Francisco, y esto que hizo Santo Domingo?», pero además pensaba «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo que hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo que hacer». Su deseo y motivación de cambiar eran genuinos, pero el modo sobre cómo conseguirlo seguía siendo igual a cuando buscaba «honra y fama».

Para seguir a Jesús no debemos disfrazarnos de nada. No imitamos a Jesús como lo hacen los mimos simulando algo que no somos. La conversión no es cosa exterior, sino que se relaciona con vivir y sentir como Jesús. Por eso es tan bella aquella expresión que pone San Ignacio en los números [EE 93] y [EE 95] de los Ejercicios Espirituales cuando dice: «quien quisiera venir conmigo ha de estar contento de comer como yo y trabajar conmigo». No es a nuestro modo como hemos de vivir la fe, sino al modo de Jesús. Hay muchos que se disfrazan de santos y pretenden competir con Santa Teresita de Jesús o San Luis Gonzaga, pero es pura fachada, es una burda imitación. La conversión es cosa seria, del corazón, de la mente y de nuestra voluntad. Es interior.

La tercera lucha que debemos enfrentar es la tentación de buscar el reconocimiento de Dios y de los demás.

El reconocimiento vs el agradecimiento. Otras de las luchas que enfrentó San Ignacio y que también pueden ser la nuestra, es la de la búsqueda del reconocimiento de Dios y de los hombres. Existe en la vida espiritual lo que podemos llamar un «paso decisivo» y es pasar de «hacer algo para ganar…» a «hacer algo porque recibí y …». Una trampa muy habitual en nosotros es buscar el amor de Dios por nuestras buenas obras, o esperar el reconocimiento de los demás porque somos buenos con ellos. Acostumbrados a que el amor humano está condicionado por lo que podemos lograr o hacer, obtener o conseguir, alcanzar o tener, tenemos la tentación de relacionarnos de esa manera con Dios. Buscamos su amor mostrándole cuán bueno somos cumpliendo los mandamientos, preceptos y tradiciones al pie de la letra, y esperamos de su parte una cierta “preferencia” que medimos porque nos libra de todo los problemas o inconvenientes que podemos imaginar.

Dios no ama como nosotros. Su amor no se compra. No debemos ser buenos para que Él nos ame, sino porque sabemos que porque nos ama incondicionalmente es que somos buenos. San Ignacio intentó imitar la vida de los santos, y se sometió a penitencias muy grandes que incluso dañó su salud. El, de alguna manera, quería congraciarse con Dios, quería ofrecerle grandes cosas porque creía que así Dios lo amaría más. Este fue un error, e Ignacio lo reconoció.

Dios no nos debe su amor, no compramos su amor. Él es amor y se entrega a nosotros y por nosotros, por amor.

Javier Rojas, sj

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