Soledad habitada

Ahondar

En un mundo aturdido e hiperconectado como el que vivimos existen dos experiencias muy temidas: el silencio y la soledad, dos experiencias que caracterizan, en este tiempo de aislamiento, nuestros días. Nada despierta más terror que sentirse solo y desconectado de los demás. ¿Por qué nos atemoriza tanto? Uno de los motivos es porque en el silencio y la soledad, donde no existe nada ni nadie que nos distraiga, estamos obligados a estar con nosotros mismos.

Nos hemos acostumbrado tanto a vivir en referencia a los demás y a las cosas que quedamos desorientados cuando no los tenemos cerca. Nos perdemos en la búsqueda de los demás para, a través de ellos, encontrarnos, cuando en realidad, solo lo podemos lograr en nosotros mismos.

Clavado en la cruz en soledad… una soledad extraña, ya que era observada por quienes se encontraban presenciando dicho momento, una soledad que llevó al Hijo de Dios a exclamar “Padre, ¿por que me has abandonado?”, soledad que llegó hasta las entrañas de Jesús para que una vez allí entienda que todo estaba consumado. Soledad en la que expiró clavado en la cruz.

En este Sábado Santo, muchos de nosotros no nos encontramos tan lejanos de sentir esta soledad, soledad que nos encontramos habitando, en el encierro, en el aislamiento. Las circunstancias de estos días nos llevan muchas veces a desencontrarnos en nosotros mismos, en el silencio de nuestros hogares, e incluso en el ruido de los mismos que en nuestro interior solo son ecos lejanos que nos acercan más al miedo de encontrarnos solos, de enfrentarnos solos con nosotros mismos, de que no haya nadie más.

En este silencio, a veces, necesitaremos reflexionar, poner en orden la vida, adquirir perspectivas sobre lo que nos oscurre. La capacidad para sentir y para pensar en nosotros mismos y en el mundo en el que habitamos, esto, le da mas entidad y sentido a lo que somos.” José Maria Olaizola.

Y es en esa soledad, en el silencio, en la falta de distracciones o pensamientos cuando nos damos cuenta que en realidad esa misma soledad se encuentra habitada, esa soledad tan nuestra, tan exclusiva, se encuentra expuesta, expuesta al que nos conoce más que nosotros mismos, nos encontramos expuestos a Ese que nos amó primero, Aquél, que hace nuevas todas las cosas. 

Cuántas veces en estos días no pudimos reconocerlo, cuantas veces en estos días lo buscamos sin encontrarlo, cuantas veces incluso nos cansamos y enojamos por no encontrar su presencia. Cuántas veces le damos una y mil vueltas a las cosas en nuestro interior, y cuantas otras veces retrasamos, postergamos sentimientos y situaciones, y estos nos ganan la pulseada. Cuántas veces es afuera donde buscamos lo que en realidad se encuentra dentro.

“La soledad nos brinda un espacio de libertad, para buscar, entrar en contacto, con esos deseos profundos de nuestro corazón en los que se juega el sentido último de la vida.” José Javier Aizpún SJ.

Lo importante de esto es vencer el miedo, lograr vencer eso que nos paraliza, poder encontrar en nuestro silencioso interior a nuestro ser y al Ser superior que nos habita, para poder salir y ser con el otro. Cuando todo aquello que nos vacía y nos llena, nos atemoriza y nos calma, se encuentra ordenado nos toca salir para buscar y hallar la voluntad de Aquel que todo lo dió.

Parafraseando a San Ignacio podría decir que nadie puede caminar nuestros senderos más que nosotros mismos, solos y a pie, necesitando de la soledad para hallarnos, necesitando de Dios para caminar a nuestro lado, necesitando de aquellos quienes nos brindan cobijo, quienes llenan nuestro corazón, aquellos a quienes apreciamos.

“¡Que importante es en la vida hacer ese camino desde la soledad temida a la soledad buscada y habitada!”

 

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