La alegría de vivir

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Mateo 11, 25-27

En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

LA PLENITUD DE SER

Pocas cosas nos hacen tan bien como sentir esa plenitud que llamamos alegría y que brota de lo profundo de nosotros mismos. Esta plenitud no depende de algo externo, de una persona en particular, de una situación o evento; ni siquiera es la consecuencia de haber concretado un sueño o realizado un proyecto. Es una experiencia difícil de explicar y mucho más difícil de poner en palabras, pero estoy seguro de que alguna vez lo has sentido y vivido también. Estoy seguro de que por más que recurra a un montón de palabras no podría definirlo ni expresarlo correctamente. Pero sería algo así como estar donde se tiene que estar, haciendo lo que se tiene que hacer y transitando las situaciones por las que hay que atravesar, con una certeza interna de estar viviendo lo correcto independientemente de lo que se sienta o piense. Simplemente vivimos de manera auténtica lo que nos toca vivir. Es como si estuviéramos conectados con algo más grande que nosotros mismos y percibiéramos una fuerza interior que nos dice: «No temas, estoy contigo. No tengas miedo, toda irá bien».

Esto es: nos sentimos profundamente sostenidos por Alguien que nos impulsa a caminar. Tal vez por eso es tan maravillosa esta plenitud interior que escapa a cualquier conceptualización o definición. Sentirse pleno es tener alegría interior, estar en armonía y en paz, primero con Dios y luego con nosotros mismos, con los demás y con el universo entero. Es sencillamente «sentirse vivo». Es sentir que nuestra vida está en su sitio, que todo está en su lugar interiormente y que no hay motivos para reclamar ni reprochar nada. Estamos reconciliados con todo lo que sucede. Nos sentimos serenos, pacificados y agradecidos.

Esta plenitud de ser es de naturaleza distinta, es un don de Dios y se llama consolación espiritual. Es distinta a toda experiencia por la sencilla razón de que no es el resultado de lo que hacemos y podemos forjar por medio de nuestra voluntad, sino precisamente, por lo que dejamos hacer en nosotros. Empiezo a creer -y cada vez con más firmeza- que la insatisfacción e infelicidad que sienten muchas personas no se debe a los errores que cometen o a los fracasos que tienen, sino a que no dejan hacer a Dios su trabajo. Esta plenitud, que enciende el ser desde dentro, emerge cuando se deja a Dios continuar con la obra que ha comenzado en nosotros.

Estamos llamados a la plenitud del ser, donde la felicidad es un componente de esta experiencia, pero no su culmen. Nos damos cuenta de que nuestra felicidad es un componente de esa plenitud cuando procede de nuestro interior y no está sujeto a cosa externa. Hay personas que se refieren a esa plenitud diciendo que algo dentro suyo «se desató». Otros afirman que «algo se fue», y otros, que se sienten «libres interiormente». Todas estas expresiones hacen referencia a esa plenitud de ser. Lo cierto es que internamente se siente como si se comenzara a vivir de una manera más consciente que antes, más integrados y sin tantas dispersiones; más serenos y sin tantos sobresaltos. Incluso empezamos a darnos cuenta de que somos más pacientes y menos exigentes, más sinceros y tolerantes con nuestros errores y con los de los demás.

Uno de los motivos por el que muchas personas no logran experimentar esta plenitud de ser es que se identifican con lo que tienen y poseen y temen perderlo. Estas personas creen que la felicidad está afuera o en el futuro y cuanto más avanzan, más se aleja de ellas. Cuando logramos bajarnos de esta rueda de sufrimiento y temor, la plenitud de ser comienza a hacerse cada vez más real. Necesitamos dejar que Dios complete su obra en nosotros. ¿Cuál es ella? Comprender que la verdadera alegría que buscamos brota de lo profundo de nuestro ser cuando dejamos de buscarla fuera de nosotros. Éste es el dilema más grande que nos toca vivir hoy. Buscamos fuera de nosotros lo que siempre estuvo en nosotros.

LA ALEGRÍA ES CORPORATIVA

Si hoy te detuvieran por la calle y te preguntaran ¿quién eres?, ¿cómo te defines? O ¿qué te apasiona de la vida?, ¿Qué responderías? Tal vez te sorprenda el silencio que hagas. Preguntas sencillas como éstas no son tan fáciles de responder. ¿Por qué? Porque, aunque cueste creer, muchas personas se definen a sí mismas por sus errores o aciertos, por sus logros y fracasos, o lo que es peor, por lo que tienen o pierden. ¡Es un error enorme supeditar la alegría a lo que se posee o tiene! Creo profundamente que la vida es un don que fluye y es una responsabilidad que debemos cuidar, desplegar y hacerla crecer. Cada uno de nosotros, más allá de los errores y aciertos que hayamos tenido, podemos y debemos elegir cómo queremos vivir con lo que hasta aquí hemos vividos (historia) y con lo que nos queda por vivir (actitud). No llegamos al mundo con una vida programada como si fuéramos un sistema cerrado. El don de la vida que hemos recibido, debemos desarrollarla. Necesitamos optar por la alegría y tomar una actitud distinta hacia nosotros mismos y hacia los que nos toca vivir hacia adelante.

Pocas personas están dispuestas a sonreír. Cada vez son menos quienes tienen hacia su propia historia una actitud de agradecimiento y aceptación serena, que es el fundamento de la alegría. Quien no aprenda a ser agradecido con su propia historia no encontrará motivos para alegrarse y sonreír. Para vivir con alegría y sonreír hay que tener un corazón agradecido. La reconciliación con la propia vida es el fundamento de la alegría. Pero para vivir con alegría necesitamos, además de la reconciliación y aceptación de nuestra historia, salir de nosotros mismos y hacer propia la alegría de los demás. Necesitamos salir un poco de nosotros mismos también, alejarse un poco del «yo», para compartir la alegría de los demás. Haciendo propia la alegría ajena acostumbramos nuestro corazón a la felicidad. La alegría no solamente es un asunto de «propiedad privada» sino que tiene también componentes comunitarios que la enriquecen.

Cuando nos alegramos con los demás nuestro espíritu se expande, se alimenta el alma y se libera la mente. Cuando sonreímos ante la alegría de los demás el propio corazón se ensancha y se contagia con la felicidad de los otros. Este es un arte que tenemos que aprender y una condición para entrar al Reino de Dios. Había un rey que celebraba las bodas de su hijo y envío a sus servidores a avisar a los invitados que todo estaba listo para la fiesta. Sin embargo, todos se excusaron. Todos estaban tan ocupados en su «propia felicidad y alegría», que no tenían tiempo para sonreír y celebrar la alegría de aquel rey.

Ser mezquinos hasta el punto de no sonreír ante la felicidad de los demás es la máxima expresión de egoísmo.

Quien no aprende a apreciar y disfrutar con la alegría del que está a su lado, cuando le toque «en suerte» celebrar algo no tendrá cerca suyo con quien hacerlo.

Les propongo considerar 15 puntos que nos pueden ayudar a vivir en alegría:

  1. Mantén una vida sencilla, lo que significa dejar de lado la «bendita costumbre» de hablar mal de los demás.
  2. Descubre la belleza de la naturaleza que te rodea, déjate sorprender por la alegría.
  3. Aprecia los atardeceres, y al caer la noche da gracias por lo vivido en el día.
  4. Abraza a tus amigos, nadie es lo suficientemente autosuficiente como para no necesitar de un abrazo.
  5. Come moderadamente, disfruta de los sabores, los olores, las texturas.
  6. Pasea de la mano de tu pareja, déjate enamorar una y otra vez.
  7. Juega con tus mascotas, no hay nada más gratuito que dedicarles un tiempo.
  8. Reza por aquellos que te ofenden, no te quedes con enojos en tu interior porque se convertirán en resentimientos.
  9. Ordena tus ideas antes de hablar y actuar, no te dejes guiar por los impulsos.
  10. Recuerda que lo único que tienes es este presente, es «hoy» el día que tienes para vivir agradecidamente.
  11. Reconoce tus errores, la persona fuerte y sabia es la que sabe pedir perdón.
  12. Aléjate de la gente pesimista, no dejes que te roben la alegría, la esperanza y la fe.
  13. Ayuda a quién lo necesita, pero no lo publiques a los «cuatro vientos».
  14. Escucha música, baila, canta, déjate invadir por la melodía de una bella canción.
  15. Practica el silencio interior, dedica un tiempo para meditar y estar a solas con Jesús.

La decisión de cómo quieres vivir, es tuya.

Javier Rojas, sj
El camino del milagro

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