Un corazón inquieto

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«Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha el hombre. Porque es del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos».  (Mc 7, 20-23)

 DESPERTAR AL MUNDO INTERIOR QUE NOS HABITA

 Hoy se habla mucho de «vivir de manera consciente», de vivir «el aquí y el ahora» o de adquirir una actitud que nos permita «vivir con plena atención». Tal interés, que surge de la espiritualidad oriental y del redescubrimiento de nuestra propia tradición espiritual, se debe a que nos damos cuenta de que vivimos sin conocer dónde acontece el verdadero cambio que queremos ver en nosotros y el mundo.

Jesús, nos invita a la vigilancia, a prestar atención, a estar atentos a su Presencia en nosotros y a cuidar nuestro corazón. Vivimos muy «distraídos», desatentos a lo que ocurre en nuestro interior. Esto ocasiona que no seamos conscientes de las decisiones que tomamos, de las palabras que decimos, y de las actitudes con la que vivimos. Lanzamos fácilmente críticas a los demás y marcamos sus errores, pero no nos detenemos a examinar y vigilar lo que nosotros decimos y hacemos.

Cuando oramos desarrollamos una mayor capacidad para comprender y ponderar lo que ocurre en nuestro interior y a nuestro alrededor. La oración nos hace comprender realidades internas que de otra manera permanecerían ocultas en nuestro interior. Despertar interiormente a las dinámicas interiores que habitan en nosotros es la condición de posibilidad para amar libremente. Debemos prestar más atención a aquello en lo que tenemos comprometida nuestra vida.

Estar «atentos» significa estar despierto y vigilar el corazón. Necesitamos prestar más atención a los cambios de ánimos y a los pensamientos que perturban y enferman el alma como también de las manifestaciones del Espíritu de Dios que traen paz, alegría, esperanza y amor. Si estamos atentos a lo que ocurre en nuestro interior desarrollamos mayor capacidad de escuchar la voz de Jesús y seguirlo.

En este segundo paso del Camino del Corazón necesitamos reconocer, junto a que somos Hijos de Dios, que anidan en nosotros dinámicas interiores que contradicen esa realidad. Son voces diversas, que invitan y seducen a construir una vida centrada en uno mismo en detrimento de los demás. Debemos tener mucho cuidado de juzgar duramente nuestros comportamientos, nuestras acciones y modos de proceder, debemos primero reconocernos como personas amadas por Dios. El que se sabe amado hace cambios en su vida.

En la tradición monástica, y en particular los padres orientales, invitan a cuidar el corazón. San Ignacio de Loyola, haciéndose eco de esa recomendación propone la práctica del examen del día -relectura diaria- como una herramienta para descubrir la voz del buen espíritu en nuestro corazón para recibir sus mociones (movimientos interiores o espirituales) y reconocer la voz del mal espíritu para rechazarlas.

LUZ Y PERDÓN

A la luz del amor del Señor mira todo lo que me encierra, entristece, seca, divide, todo lo que es rechazo del amor. No se trata de hacer aquí una lista de mis pecados o una forma de investigación inquisitoria interior, sino de identificar, como una simple observación, sin juicio por mi parte, lo que me encierra, lo que me aleja del Creador y de mis hermanos y me quita vida, identificar el lugar del combate espiritual. Este es el lugar donde el Señor me llama a avanzar para que me pueda abrir más a la vida. Pues el pecado separa de Dios, Aquel que es la fuente de la vida. Puedo pedirle perdón y acoger su misericordia.

«Clemente y justo es el Señor; sí, compasivo es nuestro Dios. El Señor guarda a los sencillos; estaba yo postrado y me salvó. Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes. Pues tú has rescatado mi alma de la muerte, mis ojos de lágrimas, mis pies de tropezar. Andaré delante del Señor en la tierra de los vivientes». Salmo 116, 5

EL ALMA PESADA

 En gran medida, la falta de plenitud (o de felicidad), con que vivimos actualmente, se debe a que tenemos el «alma pesada». Sobrecargamos la propia vida con demasiadas cosas que en la mayoría de las veces ni siquiera son útiles. No nos hacen mejores personas. Nos resulta difícil reconocer que la plenitud no está en lo que tenemos o poseemos.

La pesadez en el alma se debe a que existen situaciones pendientes que aún quedan por resolver. Puede ser que cuando nos quedamos en silencio afloren voces internas que piden atención. Quizás por ello buscamos la manera de acallar nuestro interior. Nos aturdimos haciendo un sin fin de cosas para evitar responder a la pregunta que nos ayudaría a salir de la situación en la que nos encontramos; «¿Quién soy?». ¿Por qué es importante responder a esta pregunta? Porque nuestra identidad no la da lo que tenemos, sino de dónde venimos y hacia dónde estamos invitados a caminar. Porque conociendo quiénes somos es cómo podemos comprender mejor nuestro destino y el sentido de nuestra existencia.

Hay personas que le temen a su propia interioridad. Les atemoriza encontrarse con ellos mismos. Creen que si hacen silencio solo escucharán reclamos en su interior, y eso es mentira. En nosotros hay una voz que necesitamos oír y es la que dice: «Tú eres mi hijo amado» (Mc 1, 11) ¡Si dejáramos de escapar de nosotros mismos qué distinta sería nuestra vida…!, Si dejáramos de buscar fuera lo que necesitamos descubrir dentro de nosotros, ¡qué distinta sería la historia…! Si nos animáramos a escuchar más, antes que hablar tanto, tal vez podríamos comprender mejor que aquellas palabras que el Padre dirigió a Jesús fue para toda la humanidad: “Tú eres mi hijo amado”. Cuando nos reconocemos hijos, dejamos de vivir como huérfanos con hogar.

UN HOMBRE EN CRISIS

¿Quién de nosotros no ha pasado alguna vez por un momento “difícil”? ¿Quién no ha experimentado en alguna ocasión esa “extraña” sensación de fracaso? En más de una ocasión hemos visto resquebrajarse nuestros planes, proyectos, deseos, etc.  Y cuando ocurre nos hundimos en la tristeza, o nos volvemos agresivos.  ¿Por qué? Porque son momentos en que experimentamos a fondo la propia impotencia. Cuando las cosas no marchan como deseamos o planificamos, nos encontramos de frente con el propio límite. ¿Puede una situación difícil ayudarnos a crecer y madurar como personas? ¿Podemos capitalizar las “situaciones desagradables” a nuestro favor? Si. Pero no debemos instalarnos en la pena y lamentación.

Las crisis son bisagras que abren y cierran momentos de nuestra vida. Son umbrales que dan paso a una nueva y, seguramente distinta, manera de percibirse a uno mismo y a la realidad. Lo decisivo de las crisis es que nos obligan a abrir los ojos a la realidad y no negarla. En definitiva, las crisis son esas instancias que nos permiten corregir, enmendar, redefinir, redireccionar, etc., nuestra vida. Juan el Bautista fue un hombre de crisis. Introdujo la crisis en Israel e hizo despertar a muchos somnolientos.  En palabras de Juan la crisis es un momento de conversión del corazón. Una invitación a la renovación de la mente y del corazón. Una instancia para mirar nuestra propia realidad y preguntarnos si somos verdaderamente auténticos.

La crisis que introdujo Juan en Israel descascaró el revoque de la ley. Puso en evidencia que se puede ser obediente a la ley y sin embargo ser injustos. Denuncio que detrás del maquillaje de la religiosidad se ocultaba la avaricia y el deseo de poder. Puso en evidencia que la religión cuando se pervierte produce un daño enorme en las personas.

La predicación de Juan dejó al descubierto a muchos lobos disfrazados de corderos. Condenó duramente a quienes se jactan de ser religiosos en los templos, pero luego se comportan de manera cruel con los demás. Las palabras de Juan, fueron una espada afilada que penetró en la médula de la religión de su tiempo y dejó al descubierto su necesidad de renovación interior.

En ocasiones, Dios suscita cerca de nosotros a un Juan Bautista que nos “complica” la vida. Son esas personas que nos hacen ver que estamos dormidos sobre la fantasía y cubiertos de ilusión. Son personas que nos cuestionan y hacen descubrir la necesidad que tenemos de conversión.

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